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La arquitectura pasiva, la llave hacia una edificación sostenible y responsable con el medio ambiente

La arquitectura pasiva es una filosofía de diseño arquitectónico e ingenieril que se ha convertido en una tendencia creciente en el mundo de la construcción, y con razón. A medida que la conciencia sobre el cambio climático y la sostenibilidad crece, los profesionales del sector buscan soluciones que reduzcan el consumo de energía y minimicen el impacto ambiental.

Y es que, este tipo de arquitectura busca aprovechar las condiciones naturales del entorno para lograr un confort térmico y lumínico óptimo, reduciendo en gran medida la dependencia de sistemas mecánicos. Consiguiendo así, una serie de notorias ventajas, que merece la pena reseñar:

> Eficiencia energética: Reducción significativa de la demanda de energía para calefacción y refrigeración, lo que disminuye los costos operativos y las emisiones de carbono.

> Confort interior: Ambientes más cómodos y saludables para los ocupantes, con temperaturas estables y una buena calidad del aire.

> Sostenibilidad: Reducción del impacto ambiental al minimizar el consumo de recursos naturales y la producción de desechos.

> Ahorro a largo plazo: Menores costes de energía y mantenimiento, lo que se traduce en un ahorro económico a largo plazo.

> Cumplimiento normativo: Cumplimiento de regulaciones y estándares de construcción cada vez más estrictos relacionados con la eficiencia energética y la sostenibilidad.

¿Pero que aspecto clave definen una arquitectura pasiva de calidad? Pasemos a desgranar los 3 pilares fundamentales en los que se basan esta filosofía:

1. Orientación del Edificio

Al orientar un edificio, en una determinada localización, de acuerdo a los puntos cardinales y las condiciones climáticas locales, se puede aprovechar al máximo la energía solar. Por ejemplo, la orientación del edificio hacia el sur en el hemisferio norte y hacia el norte en el hemisferio sur, permite la captación óptima de la luz solar durante el invierno y la protección contra el calor excesivo durante el verano.

La utilización de elementos como aleros y persianas ajustables permite controlar la cantidad de luz solar y calor que entra en el edificio. Estos elementos proporcionan sombra durante el verano y permiten que la luz y el calor entren en el edificio en invierno.

2. Envolvente Térmica

La envolvente se refiere a la capa de muros, ventanas, paredes y techos (cada uno con sus aislamientos) que separan el interior del edificio del exterior. Un buen aislamiento térmico garantiza que el calor no se escape en invierno y que el edificio se mantenga fresco en verano. Los materiales aislantes de alta calidad, como la lana de roca o la espuma de poliuretano, reducen la pérdida de energía y mejoran el confort interior.

Además, las ventanas de doble o triple vidrio con recubrimientos especiales pueden minimizar la transferencia de calor, reduciendo así la necesidad de calefacción y refrigeración. En climas fríos, las ventanas pueden ser estratégicamente ubicadas para permitir la entrada de luz solar directa, mientras que, en climas cálidos, se pueden proteger del sol directo.

3. Ventilación Natural

Permite la circulación de aire fresco en el edificio sin depender de sistemas mecánicos de climatización. Esto se logra a través de la colocación estratégica de aberturas, como ventanas y tragaluces, que permiten que el aire fluya de manera natural. Los edificios pasivos a menudo incorporan sistemas de ventilación cruzada que aprovechan la dirección predominante del viento para favorecer la circulación del aire.

La ventilación natural no solo mejora la calidad del aire interior, sino que también reduce la necesidad de sistemas de aire acondicionado, lo que ahorra energía y costes operativos. Al combinar una envolvente térmica eficiente con una ventilación natural adecuada, se puede crear un ambiente interior agradable y saludable durante todo el año.

¿Pero es posible aplicar medidas correctoras pasivas sobre edificios ya existentes? La respuesta es sí. Porque si bien los ejes principales están basados en aspectos puros de diseño, es decir, previos a la fase constructiva; podríamos llevar a cabo ciertas medidas complementarias sobre nuestro edificio ya existente, como, por ejemplo:

Plantación de árboles de hoja caduca: La plantación de árboles de hoja caduca alrededor de un edificio existente es una medida muy efectiva. Estos árboles proporcionan sombra durante el verano, reduciendo la ganancia de calor solar en la fachada y el interior del edificio. Además, en invierno, los árboles sin hojas permiten que la luz solar y el calor entren en el edificio, lo que puede reducir la necesidad de calefacción.

> Doble piel: Agregar una «doble piel» a un edificio existente implica instalar una segunda capa de material en la fachada exterior, creando un espacio de aire entre ambas capas. Esto mejora el aislamiento térmico, controla la entrada de luz solar, mejora la acústica y permite una ventilación controlada. Además, puede añadir un toque estético y arquitectónico distintivo al edificio.

> Acristalamiento más eficiente: La sustitución de ventanas ineficientes por modelos de alto rendimiento con tecnología de baja emisividad y vidrio doble o triple puede reducir la pérdida de calor en invierno y la ganancia de calor en verano. Esta medida puede ser costosa, pero tiene un impacto significativo en la eficiencia energética.

> Persianas exteriores tipo mallorquinas: La adición de persianas exteriores de lamas ajustables en las ventanas existentes puede ayudar a controlar la ganancia de calor solar durante el verano. Estas persianas pueden bloquear la luz solar directa y reducir la necesidad de enfriamiento, lo que ahorra energía.

> Pintura reflectante: La aplicación de pintura reflectante en el exterior de un edificio puede ayudar a reducir la absorción de calor y el calentamiento excesivo durante el verano. Estas pinturas reflejan la radiación solar y mantienen la temperatura interior más fresca.

Y no son las únicas medidas que podríamos tomar, porque seguro que, tras leer este listado, hay muchas más iniciativas a acometer que os vienen a la cabeza, pero seguramente, ya pertenezcan al ámbito de la arquitectura activa, que aquí no nos compete. Por ejemplo: la instalación de sistemas de energía renovable, de captación de aguas pluviales, de reciclaje de aguas grises, de sistemas avanzados de control y automatización, etc.

En cualquier caso, lo que queda claro es que la arquitectura pasiva está significando una revolución en el diseño arquitectónico e ingenieril, en busca un futuro más eficiente y respetuoso para con el medio ambiente. La arquitectura pasiva es, por tanto, más que una tendencia, una necesidad en la búsqueda de un mundo más sostenible.

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